Ir al contenido

La herida y el asombro: por qué tuve que escribir este libro

No creo que este libro comenzara como un argumento. Comenzó, más bien, como una herida tan corriente que al principio no pude nombrarla…

Publicado por Jan Verellen en Thrones of the Invisible Compartir


Audiolibro · Capítulo 1
La herida y el asombro: por qué tuve que escribir este libro
Narrado · unos 13 minutos

La herida

No creo que este libro comenzara como un argumento. Comenzó, más bien, como una herida tan corriente que al principio no pude nombrarla.

Cuando miro hacia atrás, veo un aula: filas de pupitres, niños susurrando, una maestra cansada haciendo lo que podía dentro de una estructura que ella no había diseñado, y al fondo del salón una tira de papel con nuestros nombres y nuestras notas más recientes. Nadie necesitaba explicar lo que significaba. Ya entendíamos que los números no eran mera información. Nos ordenaban.

Lo que permanece vívido para mí no es solo la marca roja en la página, sino la atmósfera que la rodeaba: los pequeños jadeos, las comparaciones en voz baja, el silencioso movimiento de los nombres hacia arriba o hacia abajo en un orden que se sentía a la vez humano y extrañamente intocable. Mi maestra, tal como la recuerdo, no era cruel. En todo caso, parecía limitada, como si la propia bondad tuviera que vivir dentro del horario, la clasificación y la lógica del aula. Sin embargo, cuando vi ese número en lo alto de mi hoja, sentí algo más grande que una sola prueba. Sentí, con razón o sin ella, que aquello que contara como inteligencia ya había dictado sentencia sobre mí.

Nadie dijo en voz alta: «Esto es lo que eres». Pero he llegado a pensar que muchos sistemas no necesitan hablar de forma tan directa. Su poder reside en dejar que el veredicto quede suspendido en el aire hasta que el niño empieza a repetírselo por dentro. Al menos, así lo sentí yo. Empecé a sospechar que en algún lugar existía una medida fija del valor, y que un orden que nadie había explicado del todo, pero que todos obedecían, me estaba sopesando en silencio.

Más tarde, los adultos le dieron a esa sensación nombres más respetables. Hablaban de talento, inteligencia, promesa, potencial. A algunos niños se los describía como superdotados, y a otros como poco académicos, con una seguridad que ahora me parece más reveladora que sabia. Era como si el futuro pudiera leerse pronto y con una certeza sorprendente. Mirando atrás, no afirmo que todo juicio fuera malicioso, ni que toda diferencia entre niños fuera inventada. Mi argumento es más modesto. Creo que encontré, en aquella aula, una forma de autoridad que se presentaba como natural y neutral mientras nos enseñaba en silencio qué contaba, quién contaba y hasta dónde podíamos esperar llegar. En mi propia lectura de la vida, ese fue uno de mis primeros encuentros con lo que más tarde llamaría poder divino.

Con el tiempo, aquella herida del aula se ensanchó. Vi una y otra vez con qué frecuencia los seres humanos son clasificados por sistemas que primero crean jerarquías y luego las describen como hechos evidentes. Vi con qué facilidad la ayuda se disfraza de mérito, y la privación se traduce en fracaso personal. Vi culturas educativas que distribuyen la orientación de manera desigual y luego piden a los niños que tomen los resultados como prueba de su valor interior. Vi el mismo patrón, en otro lenguaje, en el trabajo, el estatus, la economía y la vida digital. Lo que antes había parecido una herida privada empezó a parecerme un pequeño ejemplo de un diseño más amplio.

A falta de una expresión mejor, empecé a llamar a ese diseño poder divino. No quiero decir que pertenezca solo a la religión. Quiero decir que se comporta, en aspectos importantes, como lo hacían los antiguos dioses. Moldea un mundo y luego habla como si ese mundo simplemente estuviera ahí. Oculta las manos que construyeron el orden y habla con una voz de inevitabilidad: esta es la realidad; este es el mérito; esto es lo que muestran los datos; así funcionan las cosas. A mi juicio, poder divino nombra cualquier ordenamiento que presenta su propio diseño como destino, reclama el derecho de definir la realidad y el valor, y exige sacrificio mediante el miedo, la esperanza o ambos.

Una vez que tuve ese lenguaje, empecé a ver patrones afines casi en todas partes. Vi interpretaciones psicológicas que corrían el riesgo de tratar el sufrimiento estructural como debilidad privada. Vi relatos económicos que hacían que la desigualdad pareciera eficiente, merecida y moralmente seria. Vi sistemas digitales que clasifican, rastrean y ordenan a las personas mientras se presentan como neutrales y casi fuera de toda apelación. Mi herida del aula no desapareció. Cambió de escala. Se convirtió, en mi mente, en una pequeña imagen de un orden mucho más vasto.

Asombro: la otra mitad de la historia

Sería fácil malinterpretar este libro como producto únicamente de la ira. La ira, desde luego, le pertenece. No puedo mirar con calma un mundo en el que se anima a los niños a confundir una nota con un yo, o se entrena a los adultos para interpretar el agotamiento como insuficiencia personal, o se dice a las comunidades que la injusticia es simplemente un problema de actitud. La protesta atraviesa mi lectura de la historia porque no creo que tales heridas deban aceptarse con compostura.

Y, sin embargo, la ira por sí sola nunca habría sostenido este viaje. Debajo de ella, y a veces más hondo que ella, siempre ha habido algo más silencioso: el asombro. Mi fascinación por las formas del poder divino no proviene solo de lo que dañan, sino también de lo que las sobrevive. Una y otra vez, he visto que en los seres humanos hay más que las categorías construidas para contenerlos. Un niño descartado demasiado pronto revela una hondura inesperada. Una persona que vive bajo presión toma una decisión moral que ninguna métrica puede captar. Alguien definido durante mucho tiempo por una vieja historia cambia de rumbo porque una más verdadera se ha vuelto imposible de ignorar. Estos momentos no demuestran que las personas sean ilimitadas. No querría afirmar eso. Pero sí me sugieren que ningún sistema sabe del todo lo que es un ser humano.

Si el poder divino dice: «Esto es todo lo que eres; esto es todo lo que puedes ser; este orden es definitivo», entonces el asombro responde: «Hay más». Poco a poco he llegado a sostener juntas dos convicciones. Primera, que los grandes poderes de cualquier época suelen ser menos neutrales y menos inevitables de lo que afirman. Segunda, que los seres humanos suelen ser más abiertos, relacionales y capaces de crecer de lo que esos poderes prefieren admitir. Incluso disciplinas que a veces se usan para defender la jerarquía pueden, si se leen con más cuidado, apuntar en otra dirección: no hacia rangos fijos, sino hacia una posibilidad frágil y compartida.

Así he llegado a creer que toda persona lleva en sí capacidades no realizadas de sabiduría, compasión, justicia, responsabilidad, valentía, creatividad y amor. No presento esto como un credo sentimental. Lo ofrezco como el contrapeso que hizo posible este libro. La herida agudizó mi sentido de la injusticia. El asombro despertó mi sentido de lo admirable. Entre esas dos experiencias, algo en mí se negó a permanecer en silencio.

Qué es este libro, y qué no es

Como la expresión poder divino puede inducir fácilmente a error, quiero dejar claro lo que intento hacer. Esto no es un simple ataque contra la religión, ni es una defensa de una sola fe. La historia que estoy trazando incluye momentos en que instituciones religiosas justificaron la jerarquía, la exclusión o la crueldad. También incluye momentos en que comunidades religiosas protegieron a los vulnerables, preservaron el saber o resistieron la injusticia. Mi propósito no es aplanar esa complejidad en un único veredicto moral.

Tampoco pretendo escribir un himno a la modernidad secular, como si el debilitamiento del lenguaje religioso nos hubiera hecho libres automáticamente. Uno de los descubrimientos centrales de este recorrido ha sido casi el contrario. El poder puede volverse más difícil de cuestionar cuando se oculta detrás de la neutralidad, la autoridad científica, la eficiencia o la inevitabilidad. A menudo decimos que la gente moderna ya no cree en dioses. Lo dudo muchísimo. Seguimos organizando el sacrificio en torno al progreso, los mercados, los datos, la seguridad, la pertenencia nacional, la optimización y el yo. Seguimos construyendo instituciones y vidas interiores a su imagen. Lo que parece haber cambiado no es nuestra necesidad de reverencia, sino nuestra disposición a admitir dónde la hemos depositado.

Así que el propósito de este libro no es despojar de reverencia a la vida. No creo que los seres humanos florezcan sirviendo a nada. La pregunta más profunda, tal como he llegado a verla, es qué merece nuestra lealtad sin disminuirnos a nosotros ni a los demás. Este libro es mi intento de hacer visibles ciertos altares ocultos, de exponer las historias que hacen que los órdenes injustos parezcan naturales, y de despejar un poco de espacio para una clase más verdadera de libertad: no la libertad de toda devoción, sino la libertad de entregarnos con más cuidado, con más honestidad y quizá con más humanidad.

Por qué tuve que escribir

No me propuse elaborar un gran sistema de la historia. Me propuse entender por qué un niño podía sentarse en un aula, mirar fijamente un número escrito en rojo y sentir que algo más grande que la escuela había juzgado su valor. Me propuse entender por qué las personas, en pasillos de hospital, oficinas y espacios digitales, se sienten tan a menudo pequeñas ante sistemas que no pueden ver con claridad y, sin embargo, obedecen como si esos sistemas fueran simplemente la realidad misma. Quería entender por qué una época que elogia la flexibilidad, el crecimiento y la oportunidad deja a tantas personas sintiéndose atrapadas dentro de destinos que no eligieron.

Al fondo de este capítulo hay otra escena: un pasillo de hospital por la noche, bañado en una luz pálida, lleno de rutinas, pantallas, procedimientos y una autoridad silenciosa. Cuando vuelvo a pensar en ese lugar, no recuerdo una visitación sobrenatural, sino la sensación de que un orden invisible pesaba sobre todos los que estaban allí. Si uno tomaba prestada la pregunta que había empezado a inquietarme —¿Qué poder está operando aquí?—, toda la escena cambiaba. Las rutinas del cuidado ya no parecían meramente prácticas. Aparecían como parte de una estructura más amplia de ley, formación, tecnología, finanzas, política pública, confianza institucional y elección histórica. Incluso el televisor en la pared empezó a parecer una liturgia cotidiana, que nombraba aquello que mi sociedad trataba como decisivo, urgente y real. Sin entrar en ninguna iglesia ni templo, tuve la impresión de estar en un espacio sagrado de otra clase.

Ese reconocimiento cambió la manera en que veía los lugares corrientes. Las aulas, las salas de espera, las oficinas, los supermercados, los paneles de control y las pantallas ya no se sentían como escenarios neutrales en los que la vida simplemente ocurría. Empezaron a parecerme lugares donde las personas aprenden qué cuenta, quién cuenta y qué no puede cuestionarse fácilmente. No quiero decir que toda institución sea falsa, ni que toda estructura no sea más que dominación. Solo quiero decir que muchos órdenes exigen más obediencia de la que merecen, y están protegidos por historias que hacen que impugnarlos parezca ingenuo, desleal o absurdo.

Escribí este libro porque he llegado a creer que aprender a ver con claridad ese poder es una de las tareas urgentes de nuestro tiempo. Si no aprendemos a verlo, seguiremos confundiendo la jerarquía con el destino, la estructura con la naturaleza y los veredictos de los mercados, las métricas o los algoritmos con la verdad misma. Si sí aprendemos a verlo, aunque sea imperfectamente, quizá algo vital vuelva a ser posible: la capacidad de juzgar nuestras instituciones a la luz de la dignidad humana en lugar de rendirnos a sistemas que afirman estar por encima de todo juicio.

Así que este capítulo es donde empieza mi viaje: con una herida que me enseñó hasta qué punto el poder silencioso puede empequeñecer a una persona, y con un asombro que me enseñó que ningún sistema tiene derecho a definir por completo una vida humana. Entre esos dos descubrimientos, este libro fue insistiendo poco a poco en ser escrito. La tarea siguiente es nombrar con más claridad la fuerza que he venido rodeando: preguntar qué quiero decir, y qué puede revelar la historia, cuando hablo de poder divino.

Volver al libro