Casi al final de Thrones of the Invisible (Tronos de lo Invisible), intento describir el mundo que de verdad deseo, y descubro que no puede construirse solo con ideales. Escribo allí que el progreso interior — el crecimiento en sabiduría, paciencia, coraje, la capacidad de amar — solo puede desplegarse sobre cierto tipo de terreno. A ese terreno lo llamo equilibrio exterior, y nombro sus elementos sin rodeos: suficiente alimento, cobijo, cuidado, descanso, educación, dignidad y participación. Sin ellos, sostengo, hablar de florecimiento se convierte en “una broma cruel contada a quienes ya soportan demasiado”. Por eso el libro regresa, una y otra vez, a una sola idea inconclusa de 1944: la Segunda Carta de Derechos de Franklin Roosevelt, y su callada insistencia en que la libertad debe incluir el derecho a una vivienda digna. Una persona que vive con el miedo diario al desahucio, escribí, no es verdaderamente libre por el mero hecho de que un documento legal emplee la palabra libertad.
Este mes he estado pensando en ese plano enrollado mientras leía la prensa española, porque aquí ocurre algo que en ningún otro país que sigo se da con tanta nitidez: la palabra ya está escrita. El artículo 47 de la Constitución dice que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”, y añade que los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias para hacerlo efectivo. Pero está colocado entre los principios rectores de la política social y económica, de modo que, según el artículo 53.3, solo puede alegarse ante los tribunales “de acuerdo con lo que dispongan las leyes que lo desarrollen”. El derecho existe y no se puede reclamar. Es la frase exacta que mi libro persigue, convertida en arquitectura jurídica.